El motor se había apagado hacía apenas unos minutos. El personal de handling colocó la escalera, comprobó el perímetro y dio la señal. Desde la zona de recepción, las conversaciones bajaron de volumen hasta convertirse en un murmullo. Nadie buscaba a una celebridad ni había cámaras esperando una exclusiva: la curiosidad nacía de una escena mucho más cotidiana.
Quienes esperaban eran familiares y personal de traslado previamente acreditado. Habían llegado antes que el avión porque el siguiente tramo del día estaba organizado al minuto. La puerta, todavía cerrada, se convirtió durante unos instantes en el único punto de atención.




